Lázaro
Por fin llegó un auto. Es el del chirrido. Debe tener un desgaste en el embrague. Le va a salir muy caro ese arreglo. Dos puertas se cerraron en simultáneo. Hay dos personas. Los tacos de una de ellas hacen eco en el garage, que debe estar casi vacío. La persona con tacos rodea el auto, abre una puerta y la cierra. Hay una tercera persona que arrastra los pies, tal vez un viejo o alguien enfermo. No quiero que se vayan. El ruido del exterior y el monóxido son lo único que me ayuda a no enloquecer y a tolerar el olor de mi podredumbre. Siempre me dio náuseas el olor a nafta y a humo de caño de escape. Ahora es un hilo que me sostiene a la vida. Nace en los pulmones, viaja por la garganta y se enrosca en mis oídos, oprimiendo mi mente para que no se desarme. Apenas regrese el silencio y el hilo se deshaga, van a empezar las alucinaciones. Me estoy muriendo y tengo miedo. No tengo fuerzas para gritar más por ayuda. Ahí sonó la alarma. Comienza el infierno. Al menos todavía reconozco la naturaleza del delirio. Las alucinaciones están retornando. Volvieron los puntos de luz. No quiero. El brillo pasa de blanco a verde. Ahora veo un rostro. Soy yo, creo. Sí, soy yo, pero de mi piel brotan decenas de ojos. Se multiplican y se abren por toda la cara. Sé que tengo sólo dos ojos. No es real. Pero no puedo dejar de verlo. Cierro los ojos de verdad, pero los otros siguen abiertos. Me persiguen. Me contengo para no rasguñarme la cara. Vomito bilis. Siento que me infarto, que el corazón se atrofia. Un rayo de luz me quema los ojos. Ahora veo todo blanco. Se abrió la puerta de la baulera. Es ella. Me agarra del brazo con asco, como si fuera una rata muerta.
—Levántate. Vas a escribir otra vez para mí.

La dominatrixxx
Ella aún te necesita para escribir. Es lo que te salva.